
Llego al puente del segundo coro y los dedos se quedan un compás atrás, otra vez. Llevo el cancionero de la iglesia sobre las piernas porque no tengo atril, y el Casio CDP-S110 que compré hace casi dos años no perdona la duda: si no sé qué acorde sigue, la nota sale tarde. Aprendo piano así, sola, en Cali, sin profesor, a los treinta y cuatro.
Antes de seguir, una aclaración rápida: este texto tiene enlaces de afiliado hacia cursos y materiales que uso de verdad, y si compras algo a través de ellos me llega una comisión pequeña sin que a ti te cueste más. No hablo de nada que no haya abierto yo misma en mi computador.
El libro de teoría que se quedó en la página doce
Meses antes de comprar el Casio probé con un libro de teoría musical que alguien me prestó, de esos gruesos que empiezan con ejercicios de solfeo antes de dejarte tocar nada. No pasé de la página doce. Las explicaciones sobre intervalos y armaduras de clave me sonaban a otro idioma, uno que no tenía nada que ver con mover los dedos sobre las teclas, así que lo cerré un domingo y no lo volví a abrir.
Lo que sí funcionó fue simplificar: dejar el libro a un lado y quedarme solo con el cancionero, acorde por acorde, sin exigirme entender la teoría completa antes de tocar una sola canción. La postura sigue siendo otro tema — encorvarme sobre una silla de comedor que no es banco de piano pasa factura en los hombros — y cuando el dolor aparece después de un rato así, reviso los ejercicios de calentamiento para pianistas que usan mucho el computador antes de sentarme otra vez al teclado.

Un solo domingo de piano es suficiente
Porque un domingo lento y seguro rinde más que un fin de semana entero de práctica seguida de tres semanas sin tocar nada, que es lo que les pasa a varias personas que conozco cuando el trabajo se les acumula. Organizar esa media hora o cuarenta minutos entre una traducción y otra tiene más que ver con la cabeza que con el reloj: si dejo pasar el domingo, sé que el lunes ya no vuelvo al teclado en toda la semana.
La mano izquierda sigue yendo por su lado, dos años después, y mantener el ritmo sin perder el compás cuando eso pasa es mi pelea más constante. Tampoco tengo resuelto el pedal de resonancia: sigo soltándolo tarde o temprano y cortando un acorde a la mitad más veces de las que quisiera. La independencia entre las dos manos no me llegó de ningún método particular; llegó de repetir el mismo compás hasta que dejó de sentirse como dos personas tocando instrumentos distintos.

Retomo el curso de piano entre traducciones
Hace unos meses volví a abrir el curso Aprende Piano Desde Cero Con Música Cristiana en el computador, el mismo que había dejado a medias cuando una entrega larga me quitó las tardes libres. Lo retomé sin culpa por el módulo que salté, y eso ya me dice que es el tipo de guía que aguanta mi ritmo irregular: repertorio cercano a los himnos que ya conozco de memoria, sin pedirme que avance todos los domingos seguidos.

Nohemí, Nubia y las formas distintas de aprender piano
Mi amiga Nohemí Tobón, del grupo de jóvenes de la iglesia, tiene una memoria melódica que todavía me sorprende: le basta escuchar un himno una sola vez para tocarlo de oído, sin mirar ninguna partitura, mientras yo sigo dependiendo del cancionero para no perderme. Ella aprende por oído y yo por método, y ninguna de las dos formas es la correcta, solo son caminos distintos para llegar al mismo acorde.
Nubia Espitia, una conocida del coro que empezó con un teclado prestado del salón comunal, tiene otro problema: aprende imitando lo que ve antes que leyendo la partitura, así que cuando le muestro cómo armar un acorde en distintas posiciones se le queda más rápido que si se lo explico con nombres de notas. A mí, en cambio, leer las dos claves al mismo tiempo todavía me hace ir más lenta de lo que quisiera.
En la semana siete, algo por fin cuadró
Fue por la semana siete, más o menos, cuando algo cambió sin que lo estuviera buscando: llegué al final del segundo coro de un himno que llevaba semanas atascándome en el mismo puente, y esta vez los dedos encontraron cada acorde sin ese tropezón que ya esperaba de memoria. No fue gran cosa para nadie más que me estuviera oyendo, pero fue la primera vez que noté que la constancia de un solo día por semana estaba dejando algo.

Los días en que la traducción me deja frita, ese ratito frente al teclado hace algo que no logra ni una caminata ni una serie en la sala: por eso sigo leyendo sobre los beneficios de tocar el piano para la salud mental tras traducir textos, aunque ya los sienta en el cuerpo antes de necesitar leerlos.
Dos años después, lo que me llevo del piano
Ya llevo casi dos años con este teclado y con este ritmo de un domingo, a veces un lunes en la noche si la traducción da tregua. No me convertí en pianista de iglesia ni tengo intención de estarlo. Lo que sí aprendí, y esto es lo único que le diría a alguien que está por empezar, es que la constancia corta y aburrida gana casi siempre contra el arrebato de práctica de un fin de semana entero: un domingo bien aprovechado deja más que cinco horas seguidas que te dejan la muñeca resentida y sin ganas de volver la próxima semana.
Si tienes un teclado cogiendo polvo o un cancionero viejo en un cajón, no esperes a tener el horario perfecto para retomarlo. Seguir con Aprende Piano Desde Cero Con Música Cristiana entre semana de traducción me enseñó que un domingo, solo uno, alcanza para no perder el hilo, y que el progreso lento sigue siendo progreso, aunque tarde dos años en notarse.