Cuaderno de Domingos al Piano

Pasos para avanzar de nivel al tocar piano cristiano desde cero este año

Pasos para avanzar de nivel al tocar piano cristiano desde cero este año: manos sobre un piano digital Casio en una mesa de comedor

Doce páginas. Ahí se quedó el libro de teoría musical que compré a comienzos de año pensando que necesitaba entender los acordes antes de tocar nada de piano cristiano desde cero. Los intervalos, las inversiones, la explicación de las escalas en abstracto: todo eso terminó bajo una pila de fotocopias del cancionero y no volvió a abrirse. Lo que sí siguió firme, semana tras semana, fue el Casio apoyado en la mesa del comedor de mi apartamento en Versalles, con el cancionero de cantos de alabanza abierto casi siempre en las mismas cuatro o cinco canciones.

Lo que de verdad me ha movido de nivel este año no fueron las escalas ni los ejercicios sueltos: fue elegir tres o cuatro acordes de una canción que quiero tocar de verdad y quedarme ahí, repitiendo el cambio hasta que la mano deja de dudar. Ese ha sido mi único método, y es lo primero que le digo a quien me pregunta por dónde empezar.

El cancionero reemplazó al libro de teoría musical

Crecí cantando en el coro de jóvenes de mi iglesia, siempre detrás del micrófono y nunca frente a un teclado, así que las ochenta y ocho teclas del Casio me parecieron un territorio ajeno el primer domingo que lo encendí. Dejar el libro de teoría fue, en el fondo, aceptar que mi aprendizaje iba a ser autodidacta, más parecido a repetir un compás hasta que los dedos lo memorizaran solos que a seguir un programa ordenado por capítulos.

Aprender a leer el cifrado americano en vez de pelear con el pentagrama fue lo que más rápido me destrabó, aunque sé que hay quien prefiere el cifrado latino y que pasar de uno a otro tiene su propia curva. También empecé a fijarme en cómo se distribuyen las notas dentro de un mismo acorde — no es lo mismo aplastarlo todo junto que abrirlo un poco para que respire — algo que apenas estoy empezando a cuidar.

Las escalas mayores las dejé para después, casi como un capítulo pendiente del libro que cerré en la página doce; lo que sí no pude posponer fue el ritmo, porque en el cancionero el compás sostiene la letra más que cualquier acorde bien tocado, y perderlo se nota enseguida aunque las notas sean las correctas.

Manos practicando piano cristiano desde cero sobre teclas con textura de ébano y marfil imitado

Lo que cambió en la quinta semana de intentarlo distinto

Llevaba cinco semanas seguidas con el mismo puñado de canciones cuando pasé una página del cancionero sin pensarlo y los dedos cayeron solos sobre el acorde correcto, antes de que la cabeza alcanzara a nombrarlo. No fue una revelación grande ni un cambio de método: fue, sencillamente, la repetición empezando a rendir. Seguí sin poder explicar la teoría detrás de ese acorde, pero ya no necesitaba pensarlo letra por letra.

Leer a primera vista sigue siendo mi punto débil — todavía miro el teclado más de lo que debería en vez de seguir la partitura sin cortes — y ahí es donde más se nota que la mano izquierda y la derecha todavía no funcionan como dos personas separadas dentro de la misma canción.

Cancionero cristiano con cifrado americano anotado a mano junto a una taza de café

La mano izquierda, el pedal y ese clic que ya reconozco

El Casio CDP-S110 sigue sin atril propio, así que la partitura descansa sobre un portátil viejo que ya no sirve para nada más, ladeado hacia la ventana que da al patio interior, por donde entra la única luz de lado que tengo en las mañanas. El pedal de resonancia quedó un poco corrido hacia la derecha sobre el parqué, y cada vez que lo piso siento ese clic corto y seco, casi discreto, que antes ni registraba y ahora uso como referencia para saber si estoy pisando a tiempo o tarde.

Con 'Sublime Gracia' entendí que la mano izquierda no tiene que hacer mucho para dejar de ser un peso muerto: basta marcar el bajo de forma simple mientras la derecha sostiene la melodía, un patrón que después reconocí en casi todo el cancionero. Coordinar ese bajo con el pedal en el cambio de acorde es otra historia — todavía se me corta el sonido si piso tarde — pero cuando sale, el himno deja de sonar entrecortado. Nohemí, de mi grupo de jóvenes, no tiene paciencia con los tiempos lentos y se ríe cuando toco algo despacio para no perderme; a ella el oído le sobra, a mí me toca ganármelo compás por compás.

Escuchar a Nohemí y ver a Nubia insistir

Traducir manuales diez horas seguidas y después sentarme derecha frente al teclado no siempre combina bien: si no cuido la postura, termino con los hombros tensos hasta el día siguiente, así que he tenido que revisar algunas técnicas para relajar las manos antes de empezar, más por necesidad que por disciplina.

Cantar mientras toco todavía me cuesta — la voz se me desafina cuando las manos están pendientes de un cambio de acorde difícil — y ahí envidio a Nubia, una conocida del coro, que se desanima rápido si algo no le sale pero vuelve a sentarse al día siguiente como si nada; esa terquedad suya me sirve de espejo más de lo que ella sabe.

Transportar un himno a un tono más cómodo para cantarlo sigue siendo territorio que apenas piso, y cada vez que lo intento entiendo por qué hay quien prefiere memorizar la canción entera en una sola tonalidad y ya. Sobre eso, sobre ir combinando el oído con la lectura en vez de escoger uno de los dos, hace un tiempo escribí sobre cómo combinar el oído y la lectura de partituras, y sigue siendo, en el fondo, lo que intento cada domingo que me siento aquí.

Un año de domingos lentos en Versalles

Mirando este año completo, el libro de teoría que se quedó en la página doce ya no me parece un fracaso sino la señal de que necesitaba otro camino: uno hecho de canciones concretas y no de capítulos en orden. El progreso no ha sido una línea recta — hay semanas en que el compás se me escapa y otras en que todo cae en su sitio sin esfuerzo — pero ya no miro las ochenta y ocho teclas con el mismo respeto nervioso del primer domingo.

Gato doméstico observando el piano digital Casio en una tarde soleada en el barrio Versalles

Si alguien más está empezando desde cero este año, lo único que le diría es que no hace falta terminar un libro de teoría para avanzar: basta con elegir tres o cuatro acordes de una canción que de verdad quiera tocar y quedarse ahí, repitiendo, hasta que la mano deje de preguntar. El resto — las escalas, el cifrado latino, transportar de tono, cantar mientras se toca — puede esperar su propio domingo. Por ahora, con que el cancionero se abra cada semana en esta mesa del comedor, me alcanza.

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