
No tengo respuesta corta para quien me pregunta por qué, a los treinta y cuatro años, me puse a aprender música cristiana en piano para principiantes, canciones que ya me sé de memoria. Me lo ha preguntado más de una amiga al ver el Casio CDP-S110 ocupando media mesa del comedor cuando pasa a saludar. Todavía no tengo una respuesta corta, así que esta entrada es mi intento de armar una más larga.
La respuesta corta, si toca darla, es que cantaba estos himnos de memoria en el grupo de jóvenes de la iglesia, pero nunca los toqué. Crecí escuchando a mi abuela sentarse en su piano vertical y sacar la melodía sin mirar ninguna partitura, mientras yo solo cantaba. Cuando por fin decidí sentarme al teclado, no encontré una clase presencial que se acomodara a mis horarios de traductora freelance, así que terminé armando mi propio estudio independiente alrededor de un método digital, sin depender del horario de nadie más.
Otra cosa que quiero dejar clara antes de seguir: en este cuaderno solo aparece lo que de verdad abrí en mi laptop o puse sobre el atril improvisado del Casio. No armé comparaciones con cursos que no llegué a probar, y si algo no me sirvió, lo digo tal cual.
El Casio CDP-S110 en la mesa del comedor
El Casio lo compré un sábado en una tienda de electrónica de Chipichape, casi sin pensarlo demasiado. Pesa poco más de diez kilos, lo suficiente para que lo subiera yo sola por las escaleras sin pedirle ayuda a nadie. En el apartamento no tiene atril propio: va apoyado sobre la mesa del comedor, con la partitura recostada contra la pantalla de un portátil viejo porque nunca compré un atril de verdad. La ventana de al lado da a un patio interior, y en las mañanas entra una luz de lado que ilumina el teclado sin encandilar. Hay una tecla, el Fa sostenido, que suena un poco más apagada que las de al lado desde el primer día, y ya aprendí a no confiarme del todo en su volumen cuando toco fuerte. No es lo mismo que un teclado liviano de los que se consiguen más baratos en cualquier almacén, aunque esa comparación completa es tema para otra entrada.

Por qué elegí un método digital
Mi trabajo como traductora freelance no tiene horario fijo. Un lunes puedo estar libre toda la tarde y el martes me cae un encargo urgente que me quita hasta el sueño. Buscar una clase presencial con hora fija sencillamente no calzaba con mi semana. Lo que necesitaba era algo que pudiera abrir un domingo lento o un miércoles a última hora de la noche, sin depender de la agenda de nadie más. Organizo las sesiones alrededor de los huecos que quedan entre una traducción y otra, no en bloques fijos, y eso también significa que hay semanas donde el Casio se queda cerrado más días de los que me gustaría admitir.
Empecé sin ningún orden, y se notó.
Los primeros meses los pasé saltando de video en video en YouTube sin ningún orden pedagógico. Un tutorial me enseñaba un acorde, el siguiente asumía que yo ya sabía leer el pentagrama, y el de más allá se iba directo a una pieza que no tenía nada que ver con lo que yo quería tocar en la iglesia. No avanzaba, solo acumulaba pestañas abiertas. Lo que me ordenó fue empezar a usar el Megapack Tocando El Piano Desde Cero (Ebook), porque podía imprimir justo la hoja que necesitaba esa semana en vez de perderme buscando. La primera vez que intenté imprimirlo completo, mi impresora vieja se saltó la mitad de las páginas pares, así que terminé armando mi propia carpeta a mano, hoja por hoja. Después de ocho horas editando textos técnicos, mis muñecas ya vienen cargadas, así que antes de sentarme reviso algunos ejercicios de calentamiento para pianistas que usan mucho el computador. Ese estiramiento corto sobre la madera de la mesa se volvió el punto donde dejo de ser la Paula que traduce y empiezo a ser la que practica.

Preguntas sobre las manos
Otra pregunta que me hacen seguido es si ya toco con las dos manos independientes, cada una haciendo lo suyo. La respuesta honesta es que todavía no del todo: mi mano izquierda tiende a copiar el ritmo de la derecha en vez de sostener su propio patrón, y sigo trabajando eso por separado antes de juntarlas en un himno completo. La postura también salió en una conversación con una amiga, porque tocar sentada en una silla de comedor normal, sin banco ajustable, no es igual que tocar en un piano de verdad, y he tenido que corregir varias veces cómo tengo los codos. Con los patrones de acompañamiento de la mano izquierda voy despacio, un patrón a la vez, porque si intento memorizar varios juntos se me mezclan en medio de la canción.
No hay que aprender toda la teoría de una vez
No, y esa fue una de las primeras cosas que me tranquilizó del método. La lectura de partituras todavía se me hace lenta, mis ojos van más despacio que mis dedos cuando el compás se complica. Los acordes básicos los fui soltando de a poco, uno por canción, en vez de sentarme a memorizar una lista completa. Las escalas mayores las toco solo cuando un himno las pide, no como ejercicio aparte. Lo que más me costó fue el cifrado: hay una diferencia entre el cifrado americano y el latino que al principio me hacía dudar si Do era C o si Si era H, y todavía reviso una tabla cuando encuentro una anotación distinta. Con la transportación de un himno a un tono más cómodo para cantar apenas estoy empezando, y por ahora solo lo intento con las canciones más cortas. Para entender por qué mi oído a veces corrige lo que mis ojos leen mal, un material que uso es Aprende Piano Desde Cero Con Música Cristiana, que tiene un enfoque directo y no se pierde en tecnicismos que todavía no manejo. Ahí fue donde empecé a combinar el oído y la lectura de partituras en vez de dejar que uno le gane al otro.

El himno se sale del papel más seguido de lo que pensaba
En una iglesia pequeña la música casi nunca sale exactamente como está escrita. El que canta se acelera, o deciden repetir el coro una vez más de lo previsto, y el método digital estándar no te prepara del todo para eso. Todavía no intento cantar y tocar al mismo tiempo, ese cruce de cables lo dejo para más adelante, aunque sé que tarde o temprano toca enfrentarlo. Mantener el ritmo cuando alguien más marca el paso es de lo más difícil que he encontrado, porque mi tendencia es seguir mi propio compás interno en vez del de la persona que canta. El pedal de resonancia tampoco ayuda si no sabes cuánto presionarlo: el mío quedó levemente corrido hacia la derecha sobre el parqué, y todavía calculo mal cuánto lo sostengo en algunos pasajes. Para no bloquearme si alguien cambia el ritmo de repente, he estado revisando cómo aprender acordes de piano para adoración de una forma menos rígida que la de la partitura.

Herlinda, la vecina de arriba, no se anda con rodeos
Herlinda lleva doce años viviendo en el piso de encima del mío. Un domingo, antes de que yo me pusiera a pensar si el Casio molestaba a alguien, bajó a decirme, sin rodeos, que desde afuera del edificio no se escuchaba nada. No lo dijo para hacerme sentir mejor, lo dijo porque era un dato que yo necesitaba y ella no vio razón para adornarlo. Desde entonces toco tranquila los domingos por la tarde, sabiendo que el único público real es el gato sentado en la silla de al lado, mirando mis dedos como si fueran algo que en cualquier momento va a atrapar.
Sigo aunque los dedos se enreden en lo simple
Sí, y esa es probablemente la única respuesta larga que tengo clara. Mis dedos todavía se enredan en escalas que deberían ser sencillas, y no espero que eso cambie pronto. La última vez que mi abuela me pidió una canción, algo tan simple como que tocara lo que fuera, no quise cerrar la tapa del Casio después, como si dejarla abierta fuera una forma de prometerle que iba a seguir intentándolo. Si en algún momento sientes dolor que no se va en la muñeca o el antebrazo, esa no es una señal para aguantar hasta que se pase sola: ahí lo que corresponde es parar y consultar a un fisioterapeuta o a un profesor presencial, no seguir empujando por terquedad. El Megapack sigue sobre la mesa, con más páginas de las que he alcanzado a abrir, y yo sigo aquí, un domingo a la vez, sin ninguna prisa por llegar a ningún lado en particular.