
Hay que repasar el mismo compás varias veces antes de que los dedos dejen de pedir permiso, y todavía no tengo una respuesta clara sobre cuántas exactamente. Esa es justo la pregunta que me acompaña cada vez que abro el Himnario de Gloria y Triunfo sobre el Casio, en mi rincón del comedor en Versalles. El himnario tiene 512 cantos y, como principiante, nunca sé muy bien por cuál empezar: hoy cayó en "Grande es tu fidelidad". Lo que sí sé es que esto se ha vuelto mi forma particular de estudio independiente, sin profesor, sin método de conservatorio, solo yo, el teclado y la música sacra que canté de niña sin tocarla nunca.
Llevo casi dos años con esto, contados desde el sábado en que llegó el Casio a la casa. Las primeras semanas quise leer las cuatro voces completas tal como venían escritas, soprano, contralto, tenor y bajo. Los dedos no daban para tanto y terminaba cerrando el himnario antes de la segunda estrofa. Con el tiempo entendí que no hacía falta tocarlo todo: la melodía con la mano derecha y la nota del bajo con la izquierda alcanzan para que cualquiera reconozca el himno.
Los acordes sueltos no llevaban a ninguna parte
Durante varias semanas probé otra ruta: aislé los acordes del himnario y los repetí sueltos, sin conectarlos nunca con una canción completa. Memoricé la digitación de cada acorde por separado, convencida de que algún día se iban a juntar solos. No funcionó. Los dedos sabían la forma del acorde pero se quedaban mudos en cuanto intentaba pasar de uno a otro dentro de un himno real. Ahí entendí que el ritmo y el acompañamiento de la mano izquierda solo tienen sentido dentro de la canción, no fuera de ella.

Volví entonces a leer la partitura completa, aunque fuera despacio. Esta forma de teoría musical para música cristiana que todo principiante debe saber terminó siendo la que de verdad me sirvió, porque conecta cada acorde con el compás exacto donde debe sonar. La independencia entre lo que hace cada mano no se resuelve memorizando piezas sueltas, se resuelve tocando el himno de principio a fin, aunque salga mal la primera vez.
El cambio hacia la semana diez
Para la semana diez algo se acomodó solo, sin aviso. Estaba pasando la página del cancionero para seguir con la segunda estrofa y los dedos ya habían encontrado el acorde antes de que yo terminara de mirar el pentagrama. No fue una iluminación ni nada parecido, fue más bien la primera vez que noté que el cuerpo iba un paso adelante de la cabeza. Mi amiga de trabajo remoto, Rosalba Pinto, editora en Bogotá, empezó guitarra el mismo mes en que yo compré el Casio, sin que lo habláramos antes. Ella practica todos los días sin falta, con una disciplina que a mí se me escapa; yo sigo siendo de domingos salteados y alguna noche entre semana si la traducción lo permite.
La lectura todavía se me traba en algunos saltos, pero ya no me paraliza como antes, y esa es la diferencia real. El clic bajito del pedal cuando lo piso de más, sin querer, casi ni lo noto ya, como si el oído hubiera dejado de prestarle atención a los ruidos pequeños de la práctica. He ido dejando constancia de mi progreso al toca piano desde cero nivel 1 durante estos meses, más que nada para no olvidar de dónde salí.

El gato se sienta en la silla del comedor cuando me ve llegar al piano, como si ya supiera que ahí va a haber ruido por un rato. No le importa demasiado lo que yo haga con las manos; solo busca quedarse cerca mientras dura el ensayo.
El ritual lento del Himnario de Gloria y Triunfo en Versalles
Clemencia Ospino, una lectora de Cali bastante mayor que yo, me escribió hace poco preguntando por la digitación de un pasaje que no le salía. Tiene un piano vertical heredado de su mamá, desafinado desde hace años, y aun así lo intenta cada semana sin apurarse, con más paciencia frente a los compases difíciles que la que yo misma tengo casi siempre. Eso me recordó que no hace falta un instrumento perfecto para seguir con esto, solo la costumbre de volver.
Si en algún momento las manos empiezan a doler o la muñeca se siente más rígida de lo normal, lo que toca es parar. No tengo formación médica ni soy fisioterapeuta, así que cuando el cansancio deja de sentirse como aprendizaje normal, cierro el himnario y dejo todo para la semana siguiente. Ajustar la altura de la silla me ayudó más de lo que esperaba, sobre todo después de tantas horas frente al teclado del computador por el trabajo de traducción.
Encontré la configuración del Casio CDP-S110 para lograr un sonido de piano clásico casi por accidente, probando botones una tarde de lluvia, y desde entonces el apartamento suena un poco menos a teclado de oficina. Si algo me queda claro después de este tramo es que el himnario no se domina tocándolo entero de una sentada, sino volviendo a abrirlo la semana siguiente aunque solo salgan dos líneas bien.