
El teclado de mi computador no ofrece resistencia alguna; el Casio CDP-S110 sí, y esa diferencia es la razón por la que mis dedos terminan protestando cada vez que practico. Llevo un buen tiempo de práctica autodidacta, ensayando ejercicios básicos de técnica para fortalecer los dedos con el cancionero de la iglesia abierto sobre un portátil viejo, porque nunca conseguí un atril de verdad. Lo compré en una tienda de electrónica del Centro Comercial Chipichape sin pensar demasiado en si mis manos de traductora estaban listas para ochenta y ocho teclas con acción de martillo a escala. La respuesta llegó rápido: no lo estaban.
La resistencia que nadie le explica a una autodidacta
Durante las primeras semanas la fatiga llegaba antes de los diez minutos, con los dedos convertidos en plastilina tratando de mover piedras, sobre todo el anular y el meñique, los que el sistema de digitación clásico marca como cuatro y cinco. Mantener la espalda derecha en un comedor que no fue pensado para tocar piano importa tanto como cualquier ejercicio de dedos, aunque ese tema de la postura en espacios reducidos da para un texto aparte. El pedal de resonancia, un poco corrido hacia la derecha sobre el parqué, chirría cada vez que lo piso, así que aprendí a bajarlo despacio para que no se note en las notas largas del himno.

El dedo anular parece no cooperar
El dedo anular sencillamente no responde igual que los otros, y no necesito la explicación anatómica completa para notarlo cada tarde. Compré un libro de teoría musical que prometía resolver justo eso y no pasé de la página doce; las explicaciones hablaban de armonía y de círculos de quintas, pero nunca de qué hacer con la mano físicamente, así que terminó guardado en un cajón. Esto tampoco tiene que ver con la independencia entre las dos manos, que es otro problema que arrastro y que dejo para cuando escriba sobre eso en serio. Aquí hablo solo de que cada dedo de una misma mano aprenda a moverse sin arrastrar a los vecinos. Nohemí, una compañera del grupo de jóvenes, llegó un domingo con algo de comer, como siempre, y me vio luchando con un compás; se rió porque ella nunca tuvo ese problema, toca todo de oído.

La tensión no es lo mismo que la fuerza
La tensión y la fuerza no son la misma cosa, aunque tardé bastante en distinguirlas con las manos sobre las teclas. Cuando aprieto de más, el sonido sale más duro pero menos limpio, y la muñeca me lo cobra al rato. Prefiero dejar que el peso del brazo haga el trabajo y que los dedos solo acompañen, algo que ningún libro me enseñó tan bien como sentarme a probarlo una y otra vez. Eso también me hace pensar en la diferencia entre aprender por método y aprender de oído, como hace Nohemí, un tema que merece su propio espacio aparte. Armar un acorde de tres notas y decidir cuál voz va arriba y cuál se sostiene abajo —lo que algunos llaman la distribución o el voicing— es otra cosa que apenas estoy tocando de refilón, aunque no es el tema de este texto. Leer la partitura a primera vista, sin haber ensayado antes el compás, sigue siendo mi punto más débil, y da para una entrada completa aparte.

Quedarme un rato más sin cerrar la tapa
Para la semana doce ya tenía armado un ritual fijo los domingos: unos minutos de ejercicios de dedos antes de abrir el cancionero. Un domingo, mi abuela me pidió una canción del himnario viejo mientras almorzábamos en su casa. Terminé tocando más de lo que tenía planeado, sin ganas de cerrar la tapa todavía; meses atrás, a los diez minutos ya me dolían los dedos y hubiera parado ahí. Nubia, una conocida del coro, lleva un cuaderno donde anota cada himno que intenta, y comparar notas con ella, sin competir, ayuda más de lo que hubiera imaginado.
Cuando un himno queda muy agudo para mi voz, a veces lo bajo de tono, aunque transportar así, a puro oído, todavía se me atraviesa más de lo que admito en voz alta. Tampoco ayuda que el cancionero use cifrado americano y yo aprendí solfeo con Do, Re, Mi, así que traducir entre los dos sistemas me toma un segundo extra cada vez que cambio de acorde. Cantar mientras toco es otra frontera que apenas estoy cruzando: la voz se me desafina en cuanto los dedos exigen atención, y ahí prefiero soltar la letra y dejar sonar solo el piano. Si te interesa ver cómo aplico estos ejercicios en canciones concretas, hace poco escribí sobre cómo tocar himnos cristianos antiguos con arreglos sencillos para piano, que es básicamente el terreno de prueba de todo esto.
No tengo título de música ni función litúrgica, así que todo esto es solo el registro de una autodidacta con más dudas que certezas. Si un ejercicio empieza a doler, lo dejo ahí mismo: algunas tardes, cuando las muñecas ya vienen cansadas de horas de corrección de textos, prefiero recordar mi transición tras varios meses de ser solo cantante y tocar algo lento en vez de forzar los dedos. La fuerza en el piano, después de este tiempo, no me parece que venga de apretar más, sino de soltar a tiempo, y eso lo aprendí con las manos sobre las teclas, no leyéndolo en ningún libro.