
Compré un piano digital para practicar en casa, no para la iglesia
Mi abuela tocaba los himnos de memoria, sin mirar nunca las teclas; yo todavía abro el cancionero y le pongo una pinza de ropa en la esquina para que no se cierre a mitad de un coro. Llevo casi dos años con esto como hobby musical silencioso, algo que empecé solo para practicar en casa, sin la presión de sentarme frente a nadie en la iglesia. No tengo formación musical ni ningún rol dentro de la congregación, solo un teclado, un cancionero gastado y la costumbre de sentarme ahí cuando el día lo permite.
Compré un piano digital, un Casio CDP-S110, un sábado de 2024, decidida a no ocupar media sala con el instrumento. Crecí cantando en el grupo juvenil de mi familia, siempre en el coro, mirando de reojo a quienes sí sabían tocar. Nunca me animé a sentarme frente a nadie. A los 34, trabajando por mi cuenta como editora y traductora, sentí que ya era hora de tener algo solo mío. Hay una tecla, el Fa sostenido, que suena un poco más apagada que las de al lado, y llevo meses diciéndome que un día de estos hay que revisarla.
Corrijo textos del inglés al español buena parte del día, y para cuando cierro la última entrega tengo los dedos entumecidos de tanto teclado de computador. Sentarme al piano después de eso es más un cambio de textura que un descanso real, sobre todo desde que empecé a prestarle atención de verdad a la postura y a calentar un poco las manos antes de tocar, en vez de lanzarme directo a un himno con las muñecas frías.
Para quienes trabajamos por cuenta propia, organizar sesiones de práctica de piano para freelancers con poco tiempo es casi un arte aparte. A veces son solo diez minutos robados antes de que suene una notificación de correo nuevo. Rosalba, una colega de traducción que vive en Bogotá, me manda audios de voz larguísimos los lunes contándome su semana; hace poco empezó a aprender guitarra, más o menos por la misma época en que yo compré el piano, sin que ninguna de las dos lo planeara.

Un piano liviano para tocar himnos
El piano vertical de mi abuela era hermoso e imposible de mover, y cuando la iglesia necesitaba música para un retiro, se quedaba mudo en la sala de su casa. Con el mío no pasa eso: pesa poco más de diez kilos y lo cargo yo sola si un día quiero cambiar de lugar dentro del apartamento.
En los himnos más alegres, esos con muchas corcheas seguidas, una acción de martillo demasiado pesada cansa las muñecas antes de terminar la segunda estrofa. Prefiero un teclado que me deje moverme con soltura, sobre todo en los días en que ya pasé la mañana corrigiendo un texto largo.
El espacio en los apartamentos de Cali es un lujo, y un instrumento que no se coma medio comedor es lo que me permite seguir practicando sin que se vuelva un estorbo. Tampoco es lo mismo un piano digital que un teclado cualquiera de esos baratos — la diferencia está en el peso de las teclas y en cuántas notas puede sostener a la vez, algo que entendí mal al principio y que me tomó tiempo distinguir.

Lo que ningún cancionero explica
Mi cancionero tiene manchas de café y las esquinas dobladas de tanto uso. Nadie te cuenta de entrada las dificultades al aprender a leer partituras de piano para tocar himnos — cómo pasar la página sin que el sonido se corte a la mitad, o cómo descifrar un cifrado escrito a mano por alguien que sabía mucho más que yo.
Todavía se me enredan los acordes: acomodar los dedos para que no suene apretado, o transportar un himno a un tono donde mi voz no se quiebre. El cifrado americano del cancionero tampoco coincide siempre con lo que aprendí de oído, así que a veces paro a traducir un símbolo antes de seguir tocando.
La mano izquierda insiste en copiar lo que hace la derecha en vez de sostener su propio patrón de acompañamiento. Cantar mientras toco sigue siendo casi imposible — me pierdo en una de las dos cosas apenas intento las dos juntas.
Tengo el círculo de quintas y las escalas mayores apuntados en una hoja suelta, pero los uso como referencia, no como algo que ya domino. Reducir un himno de cuatro voces a algo que mis manos alcancen a tocar todavía me toma varios intentos en la misma tarde.

Casi pierdo el compás con el gato en el banco
El pedal de resonancia todavía me hace trampas, lo piso de más o lo suelto tarde, y el himno se me llena de un eco que no pedí. Es de las cosas que sigo aprendiendo a medias, junto con la independencia de manos: que la izquierda sostenga un compás mientras la derecha se mueve por otro lado, sin que una arrastre a la otra.
Hubo semanas, sobre todo el año pasado, en que sentía que no avanzaba nada, el mismo compás repetido diez veces sin mejorar. Por esa época compré un curso grabado en oferta, convencida de que me iba a ordenar la cabeza, y no lo terminé; se quedó a la mitad entre dos entregas de traducción y ahí sigue, sin abrir.
El gato saltó al banco justo a mitad de un himno — para entonces llevaba unas ocho semanas practicando con más constancia — y no perdí el compás; seguí contando por dentro sin que el susto me sacara del tiempo. No fue nada espectacular para nadie más, pero fue la primera señal real de que estaba aprendiendo a sostener el ritmo sin perderme, en vez de solo contar por pura fuerza de voluntad.
Cuando el texto no cierra y necesito despejarme antes de volver al teclado, subo un rato a la Loma de la Cruz. Allá arriba no pienso en digitaciones, pero bajo con la cabeza más liviana, y eso también termina en el piano de alguna forma.

No te compliques con las especificaciones
Si estás pensando en empezar, no te dejes abrumar por fichas técnicas que parecen sacadas de un manual de ingeniería. Al final, lo que importa es que el instrumento te invite a sentarte. No tengo títulos en música, solo la costumbre de ver a otros y las ganas de llenar mis tardes libres de algo distinto al silencio o al televisor de los vecinos.
Busca algo que puedas manejar tú sola, que si te invitan a tocar a otra casa no necesites pedir ayuda para moverlo. Fíjate en que las teclas tengan algo de peso, sí, pero no tanto que te quiten las ganas de tocar después de un día largo de trabajo. La música de iglesia es para compartir, no para sufrir con una técnica que la mayoría de nosotros nunca vamos a usar de forma profesional.
Una lectora mayor de por acá, Clemencia Ospino, me escribió hace poco comparando esto con cómo le enseñaban piano en los años sesenta — según ella, todo era mucho más estricto entonces. Puede que tenga razón, pero yo no tengo ninguna autoridad para decir cómo se debería enseñar; solo cuento lo que me va funcionando a mí en mi comedor.
Y si notas un dolor raro en la muñeca o en los dedos, no me hagas caso a mí ni a ningún blog: busca a alguien que sepa de verdad de técnica y postura. Yo solo soy una traductora con un piano al lado de mi escritorio, contando lo que me va pasando un rato cada semana, nada más.