
Hay un acorde en el cancionero que se me sigue atascando siempre en el mismo punto, da igual cuántas veces lo repita. No es una tonalidad rebuscada: es el salto de Sol mayor a Do mayor que aparece en la mitad de cualquier himno sencillo. Llevaba tiempo pensando que el problema era de memoria, pero la técnica de piano que necesito para que los acordes de himnos salgan con fluidez tiene menos que ver con recordar las notas y más con cómo llego a ellas. El Casio CDP-S110 no perdona: si la mano llega tensa, la tecla responde tensa, y para quienes somos principiantes adultos, sin clases ni profesor al lado, cada detalle de la posición de las manos pesa el doble.
La garra que no necesitaba
Edito y traduzco gran parte del día, y las muñecas llegan al piano ya cansadas de teclear en el computador. Ese cansancio previo me hacía cerrar la mano como una garra cada vez que buscaba un acorde grande, convencida de que necesitaba fuerza para que sonara completo. Lo que pasaba en realidad era lo contrario: entre más apretaba, más notas fantasma aparecían, esas que suenan sin que uno las haya pedido. Relajar los dedos y dejar la mano más plana, casi perezosa, resultó ser lo que de verdad sostenía el acorde.

La muñeca avisa antes que la cabeza entienda. Cuando empieza esa punzada en el antebrazo derecho, ya sé que llevo un rato sosteniendo la mano en la forma equivocada. Salir a caminar un rato por el Parque del Perro, que queda a pocas cuadras, ayuda más de lo que esperaba: vuelvo con la mano menos apretada y el acorde siguiente sale sin tanto esfuerzo. No es una solución mágica, es simplemente dejar que el brazo se olvide un momento de la postura forzada.
Soltar el acorde antes de buscar el siguiente
Una amiga que traduce conmigo desde Bogotá, Rosalba, que manda audios de voz eternos los lunes por la mañana contándome cualquier cosa, me preguntó el otro día por qué no dejaba simplemente la mano quieta entre un acorde y el siguiente. La pregunta me cayó bien, porque es justo el hábito que menos me enseñaron: buscar la inversión más cercana en vez de saltar toda la mano de un lado al otro del teclado. Ahí entra algo que solo entendí practicando, no leyendo: cuál nota queda arriba y cuál abajo en el acorde cambia qué tan cómodo resulta el salto siguiente, aunque ese tema de las voces del acorde da para otro texto aparte.
El salto de una mano cerrada a otra abierta se siente más grande de lo que parece en el papel, sobre todo si vienes de un acorde de cuatro voces como los que trae casi cualquier himno del cancionero. La solución no fue memorizar distancias sino dejar que los dedos busquen la nota más cercana antes de mover el brazo entero. El Casio tiene el teclado con el peso suficiente para notar la diferencia entre una tecla bien tocada y una apenas rozada, así que ese tacto ayuda a corregir sin que nadie tenga que decírtelo.
Practicar acordes sueltos no sirve si no hay canción
Durante varias semanas practiqué los acordes del himnario sueltos, uno por uno, pensando que la mano aprendería la forma antes de meterlos en una canción completa. No funcionó. Tocaba el acorde perfecto aislado y, apenas lo metía dentro del himno real, la mano volvía a trabarse, porque el problema nunca fue la forma del acorde sino la transición hacia el siguiente. Desde que empecé a practicar siempre dentro de una frase, aunque fuera corta, el progreso se nota distinto: lo que importa no es el acorde en sí, es lo que pasa en la fracción de segundo entre uno y otro.
Una lectora de Cali, Clemencia, me escribió hace poco para decir que así no se enseñaba la postura en los años sesenta, que entonces todo era más rígido y memorizado desde el principio. Puede ser, pero a mí la rigidez es justo lo que me frena, no lo que me ayuda a avanzar.

Cuando la tensión no se va con una caminata corta, ya no se trata de técnica sino de cuidado. Aprendí, no sin tropezar varias veces, a evitar el dolor de muñeca al alternar entre traducir y tocar piano, porque las mismas manos que uso para editar textos todo el día son las que después buscan los acordes del himno los fines de semana. Si algo duele de verdad y no es solo cansancio pasajero, prefiero cerrar el piano y dejarlo para otro momento.
Cuatro semanas después, el puente del himno

Llevo más o menos cuatro semanas con este cambio de costumbre: soltar la mano entre acordes en vez de sostenerla en garra. Hoy, al llegar al final del coro y entrar al puente del himno, las manos no se enredaron ni una sola vez, algo que hace un mes me parecía imposible justo en esa parte. Uso el metrónomo bastante bajito para no perder el paso, y el uso del metrónomo en el Casio CDP-S110 para no perder el ritmo me ha servido más para notar en qué acorde me atraso que para apurar el tempo. El silencio entre un acorde y otro ya no se siente como un hueco, se siente como parte de la frase.
La silla del comedor cruje apenas me recuesto sin pensarlo, como para recordarme que la postura de la espalda también cuenta, no solo la de las manos. Cierro el cancionero por hoy con la misma sensación de siempre: no busco sonar como concertista, busco que mis manos no se cansen antes que las ganas de cantar. Por qué elegí aprender piano desde cero con música cristiana en casa es otra historia, pero tiene que ver con esto: entre menos fuerza uso, más dura la sesión y menos me arrepiento al día siguiente. Si algo me llevo de este mes es que la mano no sostiene el acorde apretando, lo sostiene quedándose quieta justo el tiempo necesario antes de moverse a la siguiente.